19. ANTONIO BLAVIA ESQUIROL
A lo largo de mi vida hubo tres Luis Quirós.
Uno de ellos fue el padre de Carlos, hijo de Siria Bello.
Carlos fue registrado como hermano de Siria. Ella era demasiado joven para que su madre,
mujer del oriente venezolano, de inmenso carácter y trece hijos de cuatro esposos,
aceptara como nieto al muchachito que Siria trajo al mundo.
Años después Siria se enamoró de un francés de apellido Marcié de quien tuvo tres hijos,
la menor de ellos la mujer mas bella, diligente y de chispeante inteligencia que haya
existido, Irisnorth, provista además de rostro y cuerpo prodigiosamente dotados y
seductores, de lo cual dejó testimonio en un desnudo de pié, de tamaño natural, en oleo
sobre tela, el mas afamado retratista de la Caracas de la época, José Mohamed.
De la voz de Irisnorth prefiero no hablar porque recordarla es acercar los oídos a la isla de
las sirenas.
La relación entre Siria, enfermera de bellas piernas, bajita, diligente y solidaria, y el francés
alto, duro, delgado e intratable fue tórrida y tempestuosa. Poco vivieron juntos. Pronto
dejaron de verse para siempre. Por alguna razón la madre de Siria adoptó el apellido
Marcié para sus descendientes, con lo que hoy los Marcié son varios cientos, aunque solo
tres de ellos con auténtico ancestro francés.
Un segundo Luis Quirós fue Luis Quirós Varela, el mayor de los hijos de María Fe, hermana
de mi madre. Alto, ligeramente encorvado, parecido a Jerry Lewis, el cómico
norteamericano.
Jorge, su segundo hermano, era más fuerte, apuesto y de más carácter que Luis, lo que
probablemente determinó el espíritu tímido y retraído de éste.
Gran intelectual, Luis se doctoró en ciencias políticas en la Universidad de Carolina del
Norte. Autor de libros y ensayos, llegó a ser profesor en una universidad de Nueva Guinea
y finalmente fue contratado por la Universidad Simón Bolívar, hasta donde el gran Antonio
Blavia lo trajo para que Luis Quirós pudiera difundir su sabiduría en las aulas de esa
prestigiosa universidad.
El examen de ingreso determinó que Quirós tenía un avanzado cáncer al pulmón que lo
llevó a la muerte en algo más de un año.
Luis, de 45 cuando llegó a Venezuela se casó por poder con Elsa Cruz, amable y mesurada
portorriqueña de similar edad, célibe y tímida, quien muy pronto se instaló en Caracas
para demostrar que los arroces le salían de las manos maravillosamente variados y
sabrosos. Como siempre me ha gustado el arroz solía preguntar a Elsa al acompañarla
mientras lo cocinaba cómo hacía para que el arroz le quedara tan exquisito. Su respuesta
era que de cualquier manera que se haga, en cualquier orden, bajo cualquier fuego, con
mas o menos aceite o vegetales el arroz siempre queda así… ¿Ves? ¡Sabroso!
En Caracas tuvieron un único hijo, Luis Quirós Cruz, descuidado en el retén de bebés de la
clínica donde ella dio a luz, derivado de lo cual el tercer Luis Quirós de esta narración
padece una condición de discapacidad física permanente, triste coincidencia puesto que
su madre es especialista en muchachos con déficit físico derivado de daño cerebral.
Después de dos duras cirugías en el Centro Médico de San Bernardino, en Caracas,
abrigando la esperanza de moribundo de que la medicina en Chile pudiera ser mejor que
la de Venezuela, aferrado a esta última ilusión Luis decidió viajar a Santiago para ser
operado allá.
Tal vez cansado de verme siempre tratando de ayudarlo Luis decidió aceptar la oferta de
un amigo que lo llevaría en su auto hasta el aeropuerto de Maiquetía. El amigo lo pasaría a
buscar a las dos de la mañana para llegar oportunamente a un vuelo que salía de
madrugada.
A las dos de la mañana me mantuve escondido en mi carro a unos 50 m de la entrada del
edificio en que él vivía. Esperé que llegara el amigo de Luis a recogerlo. Mi plan era
seguirlos hasta el aeropuerto y ahí despedirme de Luis. Nunca imaginé que el amigo no
vendría por él.
El amigo de Luis no llegaba. Yo veía a Luis desfalleciente pasearse por la acera frente a su
edificio mientras su mujer cuidaba sus maletas.
Finalmente me acerqué en el carro y ofrecí a Luis llevarlo hasta el aeropuerto lo que él
agradeció inmensamente. Dijo que una vez más yo había sido su salvación.
Durante el viaje al aeropuerto se quejaba de puntadas en todo el cuerpo. Las atribuía a
que el cáncer ya le había tomado los ganglios.
En Santiago le hicieron una tercera operación. Murió pocos días después, de modo que lo
que esperaba que fuera su tabla de salvación fue el último golpe que le propinó el destino.
Cuando murió Luis Quirós consideré necesario ayudar a su viuda, mujer que quedaba en
país extraño con ese muchachito discapacitado y sin recursos materiales para atenderlo.
Entonces incluí a Luis en el seguro de nuestra empresa constructora Koyaike, la que al
tener una gran cantidad de empleados mantenía con una compañía de seguros un
contrato que le permitía incorporar al seguro, el último día de cada mes, a todos los
trabajadores que hubieran ingresado a la empresa en ese mes, de modo que declaré que
Luis Quirós había ingresado a nuestra empresa el mes en que murió y entonces el seguro
pagó una cantidad de dinero que pude entregarle a la viuda.
Como esto no me pareció suficiente fui a la universidad Simón Bolívar a conversar con el
jefe de Luis Quirós, de quién yo no tenía referencia alguna ni sabía de quién se trataba.
Fue así como me encontré con el gran Antonio Blavia Esquirol y pude entablar amistad
con una de las personas más extraordinarias que haya conocido.
Ligeramente grueso, treinta años mayor que yo, diabetes avanzada, cultísimo
conversador, amable y simpático, de inmediato accedió a buscar la manera de que el
seguro de la universidad también pagara por la muerte de Luis Quirós.
En resumen, en un par de meses entre ambos logramos poner en manos de la viuda
algunas decenas de miles de dólares con los cuales ella regresó con su hijo a los Estados
Unidos.
Blavia fue un héroe en la guerra civil española. Tras destacarse en algunas batallas llegó a
ser uno de los comandantes de la plaza de Barcelona, cargo que ocupaba cuando esta
ciudad cayó en manos de un ejército del cual el padre de Blavia era alto ofical.
Esto probablemente fue lo que permitió que Antonio Blavia pudiera escapar con vida
desde Barcelona a Perpiñán y también dio lugar a algo extraordinario: el padre de Antonio
conservó una gran cantidad de documentos de guerra que habían quedado abandonados
en el comando de Barcelona y que él consideró que algún día podrían interesar a su hijo.
Muchos años después estos documentos de guerra volvieron a manos de Blavia y
entonces su casa en Caracas, la que tuve oportunidad de visitar en muchas ocasiones, se
convirtió en un museo de la historia de la guerra civil española.
Entre esos documentos los que recuerdo con mayor detalle son unas carpetas en las que
el consejo de guerra llevaba el registro de las actuaciones previas y posteriores a cada
combate.
Eran carpetas con tapa gruesa de cartón azul y de tamaño dos veces una hoja de oficio. El
comando del ejército llevaba en ellas un registro de los planes y de los resultados que
habían dado esos planes en las distintas escaramuzas y batallas que iban desarrollando. Lo
más extraordinario de esas carpetas eran los dibujos en los que con trazos de tinta se
mostraban las montañas, cerros, ríos y quebradas que rodeaban en 360° la posición en
que se encontraba el comando que estaba llevando en esa carpeta el registro de su propia
situación en ese momento.
Cada uno de esos dibujos también mostraba lo que el comando suponía eran las
posiciones enemigas que los rodeaban o que estaban asentadas en las inmediaciones, de
modo que en cada dibujo aparecía indicada en determinado punto la probable presencia
de un destacamento enemigo y en otros puntos la probable presencia de otras fuerzas
franquistas.
En la propia carpeta quedaba constancia de las decisiones que se tomaban a partir de esas
suposiciones.
Por ejemplo, se resolvía que al día siguiente 200 combatientes atacarían el asentamiento
que suponían se encontraba en el punto indicado con la letra B entre varios los lugares en
los que se estimaba que podían estar las tropas enemigas.
Más adelante en la misma carpeta se daba cuenta de los resultados que había tenido el
ataque realizado, o la defensa que habían tenido que desarrollar ante un ataque
sorpresivo de las tropas franquistas.
A continuación del relato de cada batalla o escaramuza se hacía una lista de los fallecidos
y se otorgaban los reconocimientos y ascensos póstumos que el Consejo de guerra había
acordado dar a las personas que habían fallecido en esa batalla.
Muchos años después, durante el gobierno de Felipe González, las carpetas de Blavia
sirvieron para que el Estado español otorgara reconocimiento y manutención a las familias
de los héroes de cuyo sacrificio había quedado constancia en ellas.
Invitado de honor de su gobierno, Blavia viajó varias veces a España llevando sus carpetas
y trayéndolas de regreso a Venezuela.
Imagino que tras la muerte de Blavia todos los documentos de su museo habrán pasado a
manos del gobierno español.
El esfuerzo que hicimos y la complicidad que desarrollamos para engañar a la compañía de
seguros para ayudar a la viuda de Luis Quirós consolidó una hermosa amistad entre mi
persona y Antonio Blavia.
En numerosas ocasiones salimos a almorzar o cenar.
Nos llevaba Ramón, mi chofer, inmenso mentiroso y descuidado ladrón que cuando
observó que me enamoraba de la jovencísima Irisnorth casi todos los días se permitía
repetirme: “ingeniero… ¿no ha visto Ud. cómo es de fea la madre de ella?”.
Pasábamos por Blavia a la casa de éste en Colinas de Bello Monte, Caracas.
Entraba un rato a visitar ese museo maravilloso.
Tenía que escuchar a su preocupada esposa. Ella me rogaba que no permitiera a Antonio
comer postres porque su diabetes estaba muy avanzada.
Entonces nos íbamos a alguno de los muchos excelentes restoranes de la maravillosa
Caracas de esos años a comer, tomar y sobre todo a compartir y disfrutar de nuestra
inesperada amistad.
Al cabo de estos almuerzos Antonio comía un enorme postre probablemente para atender
la inquietud derivada de la diabetes que lo afectaba.
Durante uno de esos inolvidables almuerzos Blavia me confidenció que en su condición de
sinólogo había escrito un libro sobre China y que lamentablemente la Universidad Simón
Bolívar en la que él trabajaba no contaba con los recursos para publicar ese libro.
Como en esos días yo gozaba de una situación financiera que me lo permitía, me hice
cargo de pagar la publicación de su libro, lo que fortaleció más los estrechos lazos de
amistad que había entre nosotros.
Años después de su muerte, siendo yo uno de los muchos socios del Centre Catalá de
Caracas, club ubicado al pié del cerro Avila, en la parte alta de la urbanización Los Palos
Grandes, recorriendo los pasillos del club, para mi asombro encontré en privilegiado lugar
de una pared una hermosa foto de Antonio Blavia, quién había sido presidente de esa
prestigiosa institución.
De modo que el incansable y extraordinario Blavia no sólo había sido fundador del Centro
Catalán de Santiago de Chile. También fue presidente del Centre Catalá de Caracas,
Venezuela.
Entonces averigüé que Blavia llegó a Venezuela en 1960 y que en 1965 era representante
de Venezuela ante el Banco Mundial en Washington, lo que evidencia la generosa
disposición que durante “la cuarta república” los venezolanos tenían para con los grandes
inmigrantes.